Ya hace algún tiempo alertan muchos sociólogos que hay más machismo entre los jóvenes de hoy que entre los de hace 20 años. Nos creímos que con la incorporación de la mujer al mercado laboral (aclaro que estoy a favor con la igualdad de oportunidades, y en las laborales también) ya iba a desaparecer el machismo del mapa, y lo cierto es que no ha sido así. Vayamos por partes…


El origen del patriarcado


Recordemos que el patriarcado nos viene de muy lejos. Muchas teorías llegan a la conclusión de que proviene nada menos que de finales del neolítico, junto a la aparición de la agricultura y la propiedad privada. Desde entonces (salvo honrosas excepciones, que las hay) la mujer quedó relegada al hogar, al servicio del hombre. La mismísima Antigua Grecia, que es la base de la civilización occidental (del arte, la filosofía, la arquitectura, los sistemas educativos, la política…), donde nace la democracia, siguió manteniendo a la mujer al margen. A lo largo de la historia de la humanidad, la mujer no tenía ningún tipo de vida pública ni social, no podía votar, ni tenía acceso a las mismas oportunidades educativas o laborales que el hombre.

Nada de este orden establecido desde hace miles de años fue cuestionado, hasta hace muy poco: a finales del siglo XVIII. Desde entonces, y a lo largo del XIX, surgieron en Europa movimientos que pedían la libertad, los derechos para las mujeres, el sufragio universal…

A finales del XVIII, con la Revolución Francesa, aparecieron las primeras voces femeninas que denunciaron que la lucha por los valores ilustrados (igualdad, libertad y fraternidad) sólo se reclamaba para hombres. Así lo dejó constar la política francesa Olympe de Gouges, autora de la «Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana» (1791). A pesar de ello, ninguno de sus esfuerzos sirvió de mucho. Paralelamente, en Gran Bretaña, Mary Wollstonecraft publicaba «Vindicación de los Derechos de la Mujer» (1792).

También en Gran Bretaña, el filósofo John Stuart Mill propuso en el Parlamento cambiar la palabra «hombre» por «persona» en la segunda Ley de Reforma de 1867. Dicha propuesta se recibió con risas en la Cámara de los Comunes y fue rechazada. Imaginad qué panorama tan desolador para las mujeres que luchaban por su dignidad: sus derechos eran tomados a risa.

Hasta el siglo XX, nada menos, no comenzó a permitirse votar a las mujeres en Europa, siendo las primeras en ejercer su derecho las finlandesas, en 1907. En España se reconoció por vez primera en la Constitución de 1931, aunque después hubo varios retrocesos hasta que años después se estableció definitivamente este derecho.

Como podemos ver, todos estos movimientos por la lucha de la igualdad de oportunidades que se iniciaron a finales del XVIII, fueron dando sus frutos durante los siglos posteriores. Pero aún hoy, en el siglo XXI, el machismo sigue vigente, y en los jóvenes se ha disparado.

Gracias a la lucha feminista se consiguió el derecho al voto, a la educación, a la igualdad de oportunidades… Pero hay algunos puntos y nuevas piruetas del patriarcado que hacen muy difícil, aún en nuestros días, que el machismo pase a la historia:

1) Llevamos poco tiempo


Si tenemos en cuenta los miles de años que han pasado desde el neolítico hasta hoy, en realidad, llevamos muy poco tiempo luchando contra el patriarcado. Tengamos en cuenta que hasta finales del siglo XVIII no empezaron las primeras voces femeninas que reclamaban la igualdad de derechos para las mujeres, por eso es tan difícil erradicarlo del inconsciente colectivo.

2) Los estereotipos, la violencia simbólica, el mito del amor romántico…


La violencia simbólica, concepto de Pierre Bourdieu, es aquella en la que las víctimas no son conscientes de sufrirla, incluso, son cómplices (sin saberlo) de los dominadores. Por estos derroteros se instala el machismo en nuestros días, por eso no nos sorprende que algunas mujeres que sufren violencia de género ni siquiera sean consciente de ello. El machismo está normalizado en los dichos populares, en las canciones, en los masivos medios audiovisuales… nunca me canso de decir que es muy normal ver la imagen femenina en los medios audiovisuales como un objeto de placer y nunca como sujeto. La cosificación es muy habitual, tan habitual que ya ni nos damos cuenta.

Los estereotipos están plenamente instalados en la concepción de la belleza femenina, en las actitudes, incluso hasta en cómo concebimos el amor. El mito del amor romántico, mito que se introduce desde la más tierna infancia con los cuentos infantiles, donde la valía femenina se reduce a la visión androcéntrica: la mujer vale por su belleza, y por su papel de sumisión al “príncipe azul”, que es el que la “salva” de todos los males.

Más tarde, en la preadolescencia, continúan fijándose los estereotipos con la creciente hipersexualización de las niñas. Así, la feminidad sigue valorándose desde una perspectiva androcéntrica: exagerando, disfrazando y distorsionando los atributos femeninos cada vez a una edad más temprana. Ya se dejó atrás eso de jugar a las muñecas o a la pelota en la preadolescencia, ahora las muñecas están a dieta, y van con maquillaje, escotazo y plataformas; muchas series televisivas para preadolescentes fomentan el estereotipo de la «chica popular»: la que es la más guapa de la clase, a la que le queda como a nadie la minifalda y tiene a todos los chicos encandilados.

 “Es muy normal ver la imagen femenina en los medios audiovisuales como un objeto de placer y nunca como sujeto. La cosificación es muy habitual, tan habitual que ya ni nos damos cuenta”


3) El mito del bienestar


Se impusieron los valores del mercado: la productividad y la competitividad. Así es que para demostrar la valía femenina hubo que negar los ciclos vitales femeninos, como las fases el ciclo menstrual, el autoconocimiento del mismo, la maternidad, la menopausia… Todo lo femenino se fue desnaturalizando construyéndose una cultura que niega los cambios naturales del cuerpo, para mantenernos en el estatus irreal de mujer “superwoman”, ésa que ni se «despeina» al parir o que parece que no envejece.

📌 La maternidad ideal pasó a ser aquella que no nos cambia un ápice de nuestra vida. Hemos visto a muchas mujeres de la vida social o política aplaudidas por conseguir que no hagan ni una mínima parada en sus carreras políticas para dedicarse a sus maternidades (no me meto en los casos concretos, sino que critico que socialmente esto sea percibido como algo a aplaudir). Por supuesto que el embarazo no es una enfermedad, pero esto no implica que sea bueno seguir un ritmo de vida acelerado y estresante. Descansar y tomarse la vida con más calma en ciertas situaciones vitales es necesario y saludable, y parece que algo tan básico como esto está socialmente mal visto, porque nos aleja de ese modelo de “superwoman”.

Además, para colmo, se dice que a los bebés se les «educa» para que no molesten. Conocéis sobradamente el éxito de esos “manuales de adiestramiento” (y a esto lo llaman “educación”…) para que los bebés solamente coman y duerman. Pues bien, estos manuales crean indefensión aprendida, como si los bebés no tuviesen necesidades afectivas. Y para las madres, se ofrecen mil remedios “mágicos” para recuperar la silueta cuanto antes.

📌 La menopausia se convirtió en una enfermedad a «combatir» y había que medicalizarla, aunque no hiciera falta. La terapia hormonal sustitutiva sistemática venía a «salvarnos» a todas de las garras del envejecimiento. Bien es cierto que los fármacos pueden ayudarnos, pero en su justa medida, cuando realmente son necesarios. Lo que no podemos es medicalizar la vida, y transformar sistemáticamente todos los procesos naturales en procesos patológicos. No podemos dejarnos usurpar nuestra capacidad de autocuidado. Os dejo este post que escribí sobre los aspectos psico-socio-culturales de la menopausia.

📌 El mito del bienestar y del progreso nos lleva a que cualquier necesidad de descanso o de autocuidado no se vea con buenos ojos. Nuestra naturaleza cíclica choca con esta sociedad lineal, de la competitividad y la productividad: si no te adaptas a ella, para eso están los fármacos, entregando nuestra responsabilidad más básica de autocuidado a otros.

Por eso no es casual que los índices de consumo de psicofármacos se hayan disparado, porque, en definitiva, nos cuidamos peor. Porque confundimos el cuidarse con el «automaltratarse» la salud. Me explico con un ejemplo básico: una mujer con taconazos, delgadísima, con mucho maquillaje que, además, fuma un paquete de cigarrillos al día, que hace dietas muy restrictivas y poco saludables para mantenerse tan delgada, que se hace constantemente retoques estéticos… Podremos decirle que es muy guapa, sí, y apuesto que la mayoría de la gente, además, va a pensar «¡qué bien se cuida!». Pero pensemos si realmente esto es cuidarse. Yo no digo que haya que descuidar la estética (como una decisión libre de cada una), pero a veces hay una fina línea de separación entre lo que es cuidarse y maltratarse. La violencia simbólica es la que te lleva al automaltrato, a la necesidad de un consumo ilimitado de productos ‘milagro’… Y este es el camino que en muchos casos desemboca en la enfermedad, (como los trastornos de alimentación, distorsión de la autoimagen, adicciones, depresión, ansiedad…).

📌 El cientificismo, la visión tecnocientífica que nos lleva a la medicalización de la vida, al intervencionismo, a la deshumanización, a cuidarnos peor y a creer que todo se resuelve a base de pruebas, intervenciones y medicamentos. De todas estas inquietudes ha surgido la prevención cuaternaria, que trata de prevenir al paciente del exceso de intervencionismo, de la yatrogenia (esto es cuando la medicina hace más daño que beneficio); en definitiva, prevenir una medicalización innecesaria.

📌 Y aunque bien es cierto que el progreso nos trajo cosas positivas, no lo voy a negar, también nos trajo otras muy negativas: nos enseñó a negar el sufrimiento, el envejecimiento, las emociones negativas, el autocuidado, lo lento, el descanso, lo natural, la aceptación, las necesidades afectivas en todas las etapas de la vida y que nada tienen que ver con el mito del amor romántico…

Imagino que os suenan estas típicas preguntas: ¿Cómo pudo suceder algo así con los avances que hay hoy? ¿Por qué me encuentro mal si me tomo los medicamentos que me recetaron? ¿Por qué este niño es tan problemático si se lo dan todo? ¿Por qué está deprimida sin motivo? ¿Por qué a pesar de adelgazar sigue viéndose gorda?

4) La maternidad, la crianza


¿Cómo es posible que un tema eminentemente femenino como es la maternidad provoque dos bandos enfrentados en el feminismo? El ecofeminismo acusa al feminismo de la igualdad de negar procesos eminentemente femeninos como la maternidad, en cambio, el feminismo de la igualdad acusa al ecofeminismo de favorecer el retroceso de la mujer al hogar, quitándoles la posibilidad de realización personal.

Es un tema que ha provocado (y sigue provocando) intensos debates; por mi parte, solamente puedo decir que la maternidad es voluntaria, que cuando decides tener un bebé hay que tener en cuenta que no podemos obviar las necesidades del bebé, que por supuesto tiene necesidades afectivas; que el embarazo, el parto, la lactancia, son procesos que se han desnaturalizado muchísimo en los últimos tiempos, cuando si hay algo en esta vida que es naturaleza por excelencia es el proceso de la maternidad (desde el embarazo a la crianza), y que si nos permitiésemos a nosotras mismas guiarnos en esta etapa por nuestro propio deseo materno más profundo nos estaremos acercando más al camino acertado.

Por más que intenten aconsejarnos algo que va contra nuestro propio instinto, por más que nos digan que dejemos llorar a nuestros hijos para “no malacostumbrarlos”, por más que nos dicten qué necesitamos y qué no, qué está bien y qué no, el deseo materno que tenemos dentro es sabio (deseo del que nos habla la gran Casilda Rodrigáñez).

La ayuda que a día de hoy necesita una madre no es «liberarla» de su bebé, sino todo lo contrario: ayudarla para que pueda establecer un vínculo sano con su criatura.

Como bien nos explica Bowlby, el impacto de un apego seguro o un apego no seguro puede trascender incluso hasta la etapa adulta de la criatura, y sucesivos estudios neurocientíficos, antropológicos y psicológicos así lo han ido demostrando.

A las feministas de la igualdad, les diría que, efectivamente, la sociedad debería preservar la igualdad de derechos respecto a los hombres, la posibilidad de realización profesional de la mujer que se convierte en madre, pero sin que esto suponga anular su derecho a una maternidad digna (a día de hoy las bajas maternales en nuestro país son de risa). Hay sociedades más avanzadas que la nuestra en las que se preservan eficazmente los derechos de las mujeres, y además de esto, favorecen la maternidad, prolongando las bajas maternales y permitiendo fórmulas de trabajo que permitan conciliar de verdad.

No quiero decir que exista un modelo de maternidad único y válido, ni mucho menos, quiero decir que en estos debates sobre maternidades no podemos obviar al bebé y sus necesidades afectivas, que las tiene, y señalar la importancia de establecer un apego seguro que le beneficiará el resto de su vida, aunque todavía hay quienes creen que esto no es importante. La etnopediatría es la parte de la antropología que demuestra la relación directa entre el modelo de crianza y tipo de sociedad resultante; y precisamente las sociedades en las que más contacto amoroso se da entre padres e hijos son sociedades más pacíficas, en cambio, las que promueven prácticas en la crianza en las que no se respetan las necesidades afectivas de los bebés y niños son sociedades más guerreras o violentas. Además de la etnopediatría, existen multitud de estudios neurocientíficos que demuestran esta asociación entre la crianza que establece un apego seguro y futuros adultos más seguros, empáticos, con capacidad de establecer relaciones respetuosas con su entorno…

Debemos permitir que las madres puedan tener su espacio y su tiempo para la maternidad en nuestra sociedad, tan acelerada y frenética. La maternidad cambia, y mucho, nuestro cuerpo y nuestra mente, no podemos obviar todos estos cambios y este derecho a una maternidad digna no solamente hay que respetarlo, sino que también hay que promoverlo y facilitarlo.

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Dra. Miriam Al Adib Mendiri.
Licenciada en Medicina y Cirugía por la Universidad de Extremadura.
Especialista en Ginecología y Obstetricia.
Colegiada Nº 06/5634


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