En los últimos tiempos, muchos nos preguntamos cómo es posible que teniendo más información que nunca, siga habiendo embarazos no deseados y, sobre todo, tantas enfermedades de transmisión sexual (ETS). ¿Por qué precisamente ahora, en una sociedad donde tenemos un acceso a la información que nunca hemos tenido en épocas anteriores, tan rápido y fácil?


He escrito este post tratando de entender dónde puede estar la raíz del problema. Puede que no esté en saber poner un preservativo, o en saberlo todo sobre la píldora postcoital o los anticonceptivos. Puede que este problema venga de otros lugares, más complejos, más ocultos (o incluso de realidades que no queremos ver).

Como profesional de la salud, he vivido situaciones en mi consulta de ginecología que me plantean dudas y preocupaciones. No quiero juzgar, nada más lejos de mi intención: simplemente intento entender un problema que nos afecta a todos como sociedad, desde una perspectiva abierta y con el ánimo de entender qué está pasando.

Hay muchas jóvenes de 16-18 años (a veces 14 años) que acuden a la consulta de ginecología confesando no utilizar preservativo, solamente porque su pareja no quiere ponérselo. Sin más, ellas acceden exponiendo su salud para ser aceptadas, otras se precipitan para tener relaciones antes de estar realmente preparadas por presión social (sus amigas ya lo han hecho), y a veces para ello caen en conductas insanas como beber alcohol para poder “atreverse” a hacer lo que no serían capaces de hacer con plena consciencia.

Creo que no debemos cerrar los ojos y dar la espalda a esta realidad, que creo que es preocupante. Insisto en que no estoy juzgando conductas personales o la libertad sexual de cada persona (algo en lo que creo profundamente). No es libertad de lo que estamos hablando cuando una mujer (sea de la edad que sea, joven o adulta) se siente obligada a aceptar o tolerar conductas perjudiciales, (incluso peligrosas) para su vida y su salud por presión social o del entorno.

Además, curiosamente, creemos que esta nueva generación va a ser menos machista y es todo lo contrario, como bien alerta el sociólogo Javier Elzo: “la violencia de género entre adolescentes es hoy mayor que hace dos décadas”.

Y es que nos hemos creído el “cuento” de que la liberación de la mujer es tan solo hacer las cosas que antes estaban reservadas para los hombres, incluso negándonos a nosotras mismas nuestra propia naturaleza femenina si es necesario.

A nivel social


Falta de autoestima disfrazada de liberación.

Hay adolescentes que cambian de pareja sexual con frecuencia. ¿Dónde está el problema? Aparentemente, solo por este hecho, no podríamos juzgar sin más, pero como sucede a menudo, nada es lo que parece a simple vista. Socialmente, estas jóvenes pueden proyectar en su entorno una imagen de mujer avanzada o “liberada”, pero en numerosas ocasiones, se trata justamente de eso: solo una imagen, un espejismo. Tras estos comportamientos, no hay una búsqueda de plenitud, placer o satisfacción sexual, al contrario, muy a menudo se esconde una necesidad desesperada de sentirse valoradas por el entorno (parejas, amigos), es decir, una carencia de autoestima, y la forma que tienen de lograrlo es “conseguir” al chico o chica popular de turno (y para ello se utiliza al otro, que se convierte en un mero “trofeo”).

La importancia de la educación.

En otras ocasiones, debido casi siempre a la juventud, inexperiencia y/o falta de información, estas adolescentes no conocen su propia biología y anatomía, lo que supone problemas añadidos, pues este desconocimiento pone en peligro, muchas veces, su propia salud. Como ejemplo, muchas veces en mi consulta veo a chicas que acuden muy preocupadas y asustadas porque un preservativo se ha quedado atrapado en la vagina, pero resulta que con un poco de conocimiento e información sobre su cuerpo, podrían ser capaces de retirarlo ellas mismas sin miedo y sin problemas. La falta de educación en este sentido es, muchas veces, alarmante.

Consumo, moda y malos modelos.

Por otro lado, el sistema consumista en el que estamos inmersos inventa cada vez más cosas innecesarias, creando miedos y ascos varios para empujarnos a consumir precisamente aquello que nos librará de tan horribles sentimientos. Un ejemplo clásico son los anuncios de productos de higiene femenina (tampones y compresas), que constantemente nos dan a entender que nuestra menstruación es algo que nos debe dar asco, algo que ocultar, incluso… ¡algo que huele mal! (necesitamos compresas olorosas o toallitas perfumadas para ocultar ese vergonzoso olor).

El mundo de la moda nos “vende” un prototipo de mujer, hecho a imagen y semejanza de no sabemos quién, y cuyas características nos sabemos ya de memoria: ha de ser sumamente delgada, 0% de grasa, con facciones aniñadas y perfectas, sin pelos en ninguna parte (y digo ninguna parte), bella por supuesto y a todas horas, pero sobre todo sumisa: una especie de “pastelito rosa” para que los hombres heterosexuales “piquen”.

En la cultura audiovisual (por ejemplo, las nada “inocentes” películas clásicas infantiles de princesas y príncipes que todos tenemos en mente) también dejamos bien claro el mensaje a nuestras niñas: debes ser bella,  dulce y sumisa para conseguir un buen partido (“el príncipe azul”) que te salve de todo mal y así, por arte de magia, ser feliz para siempre. Un mensaje sin duda nada sano para niñas y niños, que se ven encajados a la fuerza en roles inamovibles, alejados de la vida real y sobre todo muy lejos de otras ideas más enriquecedoras. Afortunadamente, cada vez hay más productos audiovisuales que se alejan de estos estereotipos, pero en mi opinión, los otros aún tienen bastante influencia cultural.

Sin energía para ser una misma.

Hasta que no dejemos de vernos a nosotras mismas como un mero objeto de placer y empecemos a vernos como sujetos de placer, no habrá nada que hacer. Se perpetuará el mismo rol (hoy ‘disfrazado’ de otra forma, pero es lo mismo) de ser sumisa de una u otra manera, hasta el fin de los tiempos.

Debemos librarnos para siempre del bombardeo de ese estereotipo de mujer perfecta: sin grasa (no es de extrañar el aumento en los trastornos de la conducta alimentaria), sin un solo pelo en el cuerpo, sin olor, SIN nada. Pero CON mil imposiciones y cánones que cumplir para estar a la altura de lo que la sociedad demanda para ser una chica “diez” y aceptada.

Librémonos ya (y libremos a nuestras niñas y jóvenes) de estas exigencias vacías y superficiales, que solo sirven para encorsetar a las mujeres hasta dejarlas sin energías para ser ellas mismas y emprender lo que quieran en la vida.

En este punto, me gustaría aclarar que nada tengo en contra de la belleza: como a cualquier persona, me gusta y aprecio la belleza, y considero positivo cuidar la imagen, pero en equilibrio con todos los demás aspectos de la vida. Ese equilibrio que falta cuando la belleza se vuelve obsesión o pérdida de la salud. Eso ya no es belleza, cuando una mujer no está equilibrada por dentro ni satisfecha consigo misma no podrá ser feliz jamás, la persecución de ese canon irreal me parece lo más alejado de lo que entiendo por belleza: una carrera que siempre acaba mal, porque estamos queriendo ser lo que otros quieren que seamos, sin pararnos a pensar lo que queremos ser por nosotras mismas.

A nivel cultural


Muchas son las referencias en la antropología sobre cómo la adolescencia en otras culturas no se concibe como una etapa conflictiva, tal y como la concebimos en occidente.

Los trabajos de Margaret Mead en Samoa, donde la adolescencia es una transición suave y no marcada por las angustias emocionales o psicológicas, y la ansiedad y confusión observadas en los Estados Unidos. Los niños samoanos son familiarizados  tempranamente con la sexualidad, el nacimiento y la muerte. A diferencia de la sociedad occidental, donde estos temas son reprimidos.

La tan conocida aportación de Jean Liedloff en sus expediciones en la selva venezolana: esta antropóloga establece una relación directa entre la crianza basada en un vínculo seguro y el paso a la etapa adulta con un desarrollo óptimo a nivel emocional y mental: el concepto del Continuum.

Son muchos los estudios que manifiestan cómo influye la cultura en la formación de sociedades con mayores o menores grados de violencia, así, las culturas donde existen unos patrones de crianza donde se respetan las necesidades afectivas de los niños dan lugar a sociedades más pacíficas, sin embargo, aquellas en las que no se respetan estas necesidades dan lugar a sociedades más violentas o guerreras.

El modelo de crianza en nuestra cultura tiene un peso específico


Antes era el tabú, la represión sexual, lo que nos mantenía “a raya”. Era el modelo de mujer casta, que “no se lo pone fácil” en el sexo al hombre, lo que estaba bien considerado socialmente.

Hoy, sucede todo lo contrario, pero si miramos al fondo de la cuestión podemos ver que en realidad sigue siendo lo mismo. Me explico: pese a los cambios sociales, sigue primando, sexualmente, un modelo de mujer objeto y no sujeto, al servicio de lo social y culturalmente “bien visto”, lo aceptado y lo impuesto.

Así, antes se trataba de reprimir el instinto sexual y ahora de forzarlo o disfrazarlo. ¿Es muy diferente una adolescente a la que llamaban antes “estrecha” respecto a la así llamada “lanzada” de ahora? Aparentemente sí. Pero una vez más, nada es lo que parece: sigue habiendo una atroz carencia de seguridad, de confianza y de autoestima. Más de lo mismo, pero “disfrazado” de otra cosa. Antes, se suponía que las mujeres debíamos esperar a que fuera el hombre el que diera “el primer paso”; ahora, las mujeres toman la iniciativa (pues ya no es un “tabú” social). Y creemos que todo está bien y que así es suficiente. Yo creo que no.

Todo sigue estando centrado en la búsqueda desesperada de la aprobación del otro. Esta aprobación se convierte en algo más importante que el placer de uno mismo, que queda relegado u olvidado, y creo que la sexualidad es sana cuando hay un equilibrio entre ese “yo” y “el otro”.

Ahora, podemos tener relaciones sin ninguna de las restricciones morales, sociales o religiosas de antes, lo que, a priori, es deseable. Pero, ¿hemos alcanzado por ello la plenitud? Para nada: seguimos viendo los mismos problemas en la esfera sexual (si no más): disfunciones sexuales, desconocimiento/desconexión del propio cuerpo, tendencia a patologizar lo que es normal, numerosas inseguridades… Y todo ello porque no entendemos que antes de entregarnos al otro, debemos sentirnos seres completos, satisfechos y seguros con nuestra propia vida.

 “Un estilo negativo de crianza, las imposiciones sociales y la cultura que sobrevalora el amor romántico y la belleza femenina, forman un buen caldo de cultivo para crear ese vacío y confusión, que se focaliza en esa necesidad de aprobación constante por su entorno, sus amigos y sus parejas”


¿Y qué tiene que ver la crianza en todo esto?

Una crianza basada en el desapego deja una huella, un vacío emocional no satisfecho. Unas personas se verán más afectadas que otras según lo que les haya tocado vivir y de su grado de resiliencia.

Desde la teoría del apego de Bowlby hasta los muchos estudios que la neurociencia aporta hoy día, está sobradamente demostrado que una crianza basada en favorecer el vínculo madre-hijo da lugar a niños seguros, empáticos, con un adecuado desarrollo del hemisferio derecho, relacionado con las emociones y la creatividad. Ya desde el nacimiento, el vínculo madre-hijo influirá en las relaciones afectivas del futuro adulto como bien recalca el neurocientífico referencia a nivel mundial Allan Schore.

Por el contrario, en nuestra cultura está muy extendida la creencia de que es positivo habituar a los niños a todo lo contrario para que se hagan independientes y seguros: que duerman solos cuanto antes, dejarlos llorar, que no se acostumbren a que los cojamos o los acurruquemos… Incluso muchos ven como algo normal el castigarlos o darles un azote si no cumplen las normas que les imponemos.

Esta cultura de la “mano dura” en la educación todavía está muy arraigada en nuestra sociedad, se percibe como algo positivo en la educación. Nada más lejos de la realidad: este estilo educativo provoca inseguridad, y no lo digo yo, lo dice la neurociencia. Niños y niñas pueden aparentar estar bien (porque no les queda otra opción que reprimir sus deseos afectivos para poder sentirse amado por sus padres), pero esta represión emocional acabará aflorando de una u otra forma más adelante, en su vida adulta.

Entiendo que aquí puede surgir el habitual debate de si es bueno o no “consentir” a los hijos, pero eso daría para otro post muy largo y no quiero olvidarme del tema principal.

Lo que está ampliamente demostrado es que niños y niñas necesitan amor para poder desarrollarse y tener un adecuado equilibrio emocional en la edad adulta, y a los bebés solamente se les puede hacer sentir el amor a través del contacto permanente con ellos, creando un apego seguro.

Todas las carencias: en la crianza, lo social y lo cultural


Retomando el tema principal del post, muchas adolescentes se “rebelan” y reaccionan a estas carencias emocionales que arrastran desde la infancia, añadiendo a estas carencias afectivas una realidad cultural y social nada favorable:

  • El arquetipo de mujer que la sociedad impone: primero, en la más tierna infancia las pelis, cuentos y todo ese mundo “princesoide” que van marcando a la mujer el camino en su papel de sumisión. Añadimos después el bombardeo con el modelo de mujer hipersexualizado, enfocado a hacer de ellas una “cosa” lo más apetitosa sexual posible para los hombres (¿habéis leído alguna vez una revista para adolescentes?).
  • La sobrevaloración del amor romántico en nuestra cultura y el falso mito de la “media naranja”, de donde surge la necesidad de reconocerse en esa supuesta “media naranja” que les falta, en lugar de reconocerse a sí mismas como sujetos completos.

Así, todo ello: el estilo negativo de crianza, las imposiciones de la sociedad y la cultura que sobrevalora el amor romántico y la belleza femenina a través de los ojos del patriarcado, forma un buen caldo de cultivo para crear ese vacío y confusión, que se focaliza en esa necesidad de aprobación constante por su entorno, sus amigos y sus parejas.

En esta etapa de búsqueda de identidad, donde pueden sentir tanta confusión, como el amor romántico se presenta como la supuesta salvación, muchas adolescentes entran en esa vorágine de relacionarse de una forma desconectada de sí mismas y sus deseos reales, siendo el sexo entendido como un medio para un fin, diferente al del respeto mutuo de dos personas que son primeramente completas por sí mismas y que se aman y dan placer mutuamente. Sigue habiendo mucho de sumisión y vulnerabilidad en las adolescentes detrás de todos estos comportamientos.

Me da pena pensar que estamos ciegos ante esta realidad, hay mucha incomprensión por nuestra parte para entender qué les pasa a las adolescentes.

Muchas de las mujeres que son madres de hijos varones, en las típicas conversaciones de amigas, tachan a las adolescentes en general con adjetivos despectivos que no voy a reproducir aquí (seguro que conocéis de lo que hablo o habéis vivido situaciones así).

¿Por qué sucede? Porque en lugar de verlas como víctimas las ven como todo lo contrario. Para mí son igual de víctimas o más que antes, víctimas de como está estructurada nuestra realidad social en este sentido. Porque detrás de esa apariencia de “mujer fatal”, la mayoría de las veces se esconde una profunda vulnerabilidad. Y nos falta educación, sensibilidad y empatía para verlo.

Por eso, en resumen, creo que el problema ante todo tiene un nombre: falta radical de autoestima y seguridad, que se comienza a inculcar desde la forma de educar a niñas y jóvenes, unido a los dictámenes de la sociedad y al plano cultural.

Y por supuesto, cuando hablo de educación, incluyo la educación sexual. Algo esencial que creo que no estamos planteando bien.

La educación sexual no es algo mecanicista basado exclusivamente en explicar los métodos anticonceptivos y la prevención de ETS. Esto es importante, por supuesto, pero la educación sexual pasa también por facilitar el autoconocimiento de uno mismo y la capacidad de conectar con el propio cuerpo, con los cambios fisiológicos (es decir, normales) que se producen más allá de los tabúes, así como también conectar con el mundo de las emociones, alejando los tabúes socialmente impuestos.

Dra. Miriam Al Adib Mendiri.

Licenciada en Medicina y Cirugía por la Universidad de Extremadura.

Especialista en Ginecología y Obstetricia.

Colegiada Nº 06/5634

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