La violencia es un concepto complejo cuyo elemento esencial es el daño, tanto físico como psicológico. Puede manifestarse a través de múltiples formas de destrucción: lesiones físicas, humillaciones, amenazas, rechazo, etc.


No necesariamente se trata de algo consumado y confirmado; puede manifestarse también como una amenaza sostenida y duradera, causante de daños psicológicos en quienes la padecen y con repercusiones negativas en la sociedad. (Fuente: Wikipedia)

Todos reconocemos la violencia cuando es explícita, pero existen formas de violencia muy normalizadas socialmente e interiorizadas por quienes la padecen sin ser conscientes. Comenzamos con un repaso en los aspectos culturales, sociales y educacionales para situarnos.

Nuestro contexto cultural


Venimos de una cultura patriarcal. ‘Patriarcado’ es un concepto utilizado en las ciencias sociales que hace referencia al reparto desigual del poder entre hombres y mujeres (y por extensión de los más fuertes sobre los más débiles); ya sea en el ámbito familiar, social, político o laboral.

Hay teorías que datan el inicio del patriarcado en hace 30.000 años, cuando comienza la agricultura, la propiedad privada y la represión sexual. Antes de instaurarse este reparto desigual no existía reparto de poder de unos sobre otros, tampoco la propiedad privada, los intereses no eran individuales sino colectivos, existía libertad sexual, no se entendía el concepto de pareja a largo plazo… Por tanto, no existía el concepto de celos o posesión, ni siquiera se conocía la relación entre el coito y la reproducción: los hijos que tenía una mujer se consideraban hijos de la tribu. Los hombres eran cazadores y las mujeres recolectoras y también se dedicaban a la crianza.

Al aparecer la agricultura y la propiedad privada, la mujer queda relegada al mantenimiento del hogar y a la crianza. El hombre es el que trabaja fuera: aparece el concepto de estructura familiar en la que es el hombre el que adquiere el papel de dominio sobre la mujer y la descendencia.

Hay otras teorías antropológicas que sitúan el patriarcado todavía mucho antes de aparecer la agricultura: cuando se pasó de la caza de bajo rendimiento a la caza de alto rendimiento; entonces el hombre se exponía a situaciones de mayor peligro, aumentó su masa muscular y su necesidad de más alimento.

Nuestra sociedad


Hay sociólogos que alertan de la existencia de mayores niveles de machismo entre la juventud de hoy respecto a la de hace 20 años. En nuestro inconsciente colectivo indudablemente sigue vigente el patriarcado. Tengamos en cuenta que en la historia de la humanidad llevamos muy poco tiempo luchando contra la desigualdad: hasta bien entrado el siglo XIX no comienza la lucha por la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en occidente (y, como hemos dicho en el punto anterior: el patriarcado se inició hace miles de años).

La violencia simbólica.

Todos reconocemos la dominación y la violencia sobre la mujer cuando es explícita. Pero existe otro tipo de violencia, más invisible, que también deja secuelas en no pocas mujeres. Se trata de la violencia simbólica.

El sociólogo Pierre Bourdieu describe este concepto ya en los años 70; así, nos habla de un tipo de violencia que consiste en que el “dominador” ejerce una violencia no directa y no física sobre los “dominados” y que a su vez los dominados no son conscientes de ello (incluso, a veces, son cómplices). Se trata de una violencia invisible e interiorizada por los dominados.

La violencia simbólica en la mujer en nuestra sociedad actual se ejerce a través de esa herencia del patriarcado y se agrava por los intereses del mercado, que construye ideales de mujer de una belleza inalcanzable, mujeres cuya valía no depende de sí mismas, sino que pasa por el valor que se le otorga por adaptarse a unos patrones que la relegan a ser un objeto (y no sujeto) de deseo.

Ya en la infancia, muchos productos culturales (en la televisión, el cine, etc.) dejan claro a las niñas que la mujer ideal es una mujer bella y sumisa, digna de un príncipe azul del que dependerá el resto de su vida y la protegerá de todo mal: estas son las bases del mito del amor romántico. Después, en la preadolescencia, pasan a consumir (a través de los potentes medios audiovisuales) una imagen de mujer hipersexualizada con una belleza que se ajusta a unos cánones estrictos desde una perspectiva androcéntrica. Este ‘bombardeo’ no es inocuo, tiene un impacto en las mujeres, sobre todo en las más jóvenes, causando baja autoestima y desconexión cuerpo-mente.

 “Todos reconocemos la dominación y la violencia sobre la mujer cuando es explícita. Pero existe otro tipo de violencia, más invisible, que también deja secuelas en no pocas mujeres. Se trata de la violencia simbólica”


El colmo de la violencia interiorizada la vemos materializada en numerosas situaciones que seguro que nos resultan familiares: la cantidad de trastornos de la alimentación que se dan hoy (anorexia nerviosa, bulimia), o esas jóvenes que piden en su 18 cumpleaños una operación estética de aumento de pecho, o esas jóvenes que mantienen relaciones coitales sin preservativo (no por decisión propia sino solamente por agradar al chico)… Y muchas situaciones más que seguro que todos conocemos. En muchas de estas ocasiones , se trata de maltratar la propia salud para ajustarse a unos cánones establecidos.

En cuanto a la sexualidad, si antes se trataba de un modelo de mujer “casta”, ahora por el contrario se impone la mujer hipersexualizada, pero se trata de una sexualidad muy fría, muy mecanicista, muy desligada de las emociones, y muy basada en la sumisión, ya que la mujer es fundamentalmente objeto de placer y no sujeto de placer.

Creo que en el fondo, ambos modelos (“castidad” e “hipersexualización”) tienen más puntos en común de lo que podría parecer en un principio. Se repite el mismo patrón: la mujer, en este modelo impuesto, siempre es representada como objeto de deseo.

Estos patrones sociales resultan, además, especialmente dañinos para las preadolescentes y adolescentes, ya que no hay conexión entre el propio cuerpo y las propias emociones (antes de conectar con otros cuerpos), y la sexualidad se vive de forma muy alienada y separada de una misma.

La sexualidad y la educación sexual


Antes de que empieces a leer esto, me gustaría aclarar que nada es determinante, todo lo que cuento son factores que contribuyen; en esta vida no hay nada determinante, todo es una suma de factores.

La educación sexual entendida como algo mecanicista que se limita solamente a explicar las ETS o cómo se pone un condón para prevenir un embarazo no es una educación sexual completa.

Una buena educación sexual debe incluir autoconocer el propio cuerpo y las propias emociones, aprender a quererse y respetarse, y a respetar a los demás al mismo tiempo. Nuestra cultura, en general, es muy “castrante” para con cualquier tipo de diversidad sexual que salga de los patrones establecidos basados en el coitocentrismo.

¿Cuáles son las bases de una educación sexual de calidad?


1) Desde la cuna.

 La educación sexual se inicia en la cuna. Muchas personas tienen una visión muy reduccionista de la sexualidad y creen que este concepto abarca las relaciones coitales y poco más. Lejos de este reduccionismo, hay que decir que la sexualidad es un concepto muy amplio: somos seres sexuados, la sexualidad es inherente al ser humano desde el nacimiento hasta la muerte. En cada etapa de la vida se vive de una forma diferente, pero está presente siempre en nuestra vida, de alguna u otra manera.

La lactancia materna es parte de la sexualidad femenina y del bebé. Ya Freud fue pionero cuando incluyó al bebé al hablar de las fases del desarrollo psicosexual, afirmando que el bebé siente placer cuando succiona (etapa oral). Lactar del pecho de la madre es fuente de placer, tanto para la madre como para el bebé. El contacto piel con piel también es placer. El establecimiento de un apego seguro madre-bebé tiene que ver mucho con el placer y sienta las bases de cómo vivirá la sexualidad el futuro adulto. Si no se ha conseguido un apego seguro, fácilmente el futuro adulto no será muy seguro de sí mismo, puede costarle establecer relaciones saludables con otras personas, y por tanto probablemente su sexualidad podrá estar muy basada en relaciones de dominación o sumisión.

El antropólogo Prescott estableció que las sociedades en las que el contacto y el placer somatosensorial entre madre-criatura es escaso son sociedades más violentas, en cambio, aquellas en las que el contacto amoroso con las criaturas es mayor son sociedades más pacíficas.

2) No reprimir las emociones, ni siquiera las negativas.

Me explico con un ejemplo clásico: si reprimimos en un niño o niña la ira (la famosa “rabieta”), él o ella entenderá que esa emoción es mala, con lo que esta ira se transformará en vergüenza y a su vez, en ira contra sí mismo. ¿Cuál es, entonces, la mejor opción? Lo ideal es validar la emoción, nombrarla, darle palabras para que aprenda a nombrar y reconocer sus emociones, y posteriormente, intentar aliviar la tensión, siempre sin reprimir. Lo mismo sucede con otras emociones como el miedo, la tristeza… Las emociones se producen por algo, tienen una determinada función (las negativas también) y por ello hay que validarlas, nunca reprimirlas.

3) No mentir.

Cuando los niños preguntan, es necesario contestarles de forma natural con la verdad. Nada de contarles el típico “cuento” de que a los niños los trae la cigüeña.

4) Tratar la desnudez con naturalidad. El cuerpo humano desnudo no es malo, ni pecaminoso.

5) Autoconocerse y autoexplorarse es saludable.

Cuando un niño se autoexplora, se toca, o se frota los genitales porque ha descubierto que le da placer, no debemos reprimirlo, ya que para lo único que serviría es para crearles un tabú innecesario. Nada de decirles que esto sea malo o sucio, sino lo contrario: es algo natural, bueno y placentero, solamente hay que explicarles que deben hacerlo en su intimidad (sobre todo, muy importante, por protegerles de ser diana de burlas o abusos por parte de terceros).

6) La relación con el propio cuerpo.

Por ejemplo, para una niña es muy importante la relación que su madre mantiene con su propio cuerpo. Si la madre hace continuas alusiones negativas a lo descontenta que está con su cuerpo, con frases como “estoy gorda”, “soy vieja”, “soy fea”, etc., la hija muy probablemente repetirá ese mismo patrón de odio contra su cuerpo en un futuro.


Espero que este post os haya resultado útil. Os espero muy pronto con nuevos contenidos. También podéis seguirme en Facebook, Twitter, e Instagram.


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Dra. Miriam Al Adib Mendiri.

Licenciada en Medicina y Cirugía por la Universidad de Extremadura.

Especialista en Ginecología y Obstetricia.

Colegiada Nº 06/5634